Nimbe Martínez
La violencia feminicida en México sigue arrebatándonos la vida, la voz y la esperanza, y hoy: el aliento de Aylin.
Hace menos de un mes, vi a una mujer en cada bloque, quizás vi a varias, quizás tenía un pañuelo morado en el cuello, quizás tenía uno verde en el puño, quizás un megáfono en la mano que se pegaba contra sus labios y gritaba con fuerza:
—“¡Porque vivas se las llevaron!”
Y mientras marchábamos, cientas respondíamos:
—“¡Vivas las queremos!”
Así es como hemos vivido cada marcha del 8M, ya nos sabemos la consignas de memoria, y a pesar de ello, cada año pesan más, cada año el primer grito rompe un nudo más grande en la garganta.
Hoy nos une una digna rabia. Esa que grita desde las gargantas universitarias, desde los abrazos de las amigas que han perdido a su confidente, desde el dolor de una madre que tuvo que publicar en su cuenta de Facebook que ya habían encontrado a su hija, pero que la habían encontrado sin vida.
Aylin fue reportada como desaparecida un jueves. Para el viernes en la madrugada, su cuerpo fue localizado sin vida, con signos de violencia, dentro de un domicilio en Jiutepec, Morelos. Su novio le arrebató la alegría de vivir.
En las calles universitarias de Cuernavaca, particularmente desde el ala de Psicología, estudiantes —principalmente mujeres— salieron a marchar en silencio. Llevaban carteles morados y blancos, gafas de sol para cubrir los ojos llenos de indignación, y un dolor compartido que se volvió consigna, consigna silenciosa.
En el bloque uno, caminaron en silencio compañeros y compañeras de Aylin. En el bloque dos, el resto de la facultad. Al final, se unieron externas, personas aliadas, ahí iban quienes no pudieron quedarse calladas ante la impotencia de vivir rodeadas de hechos que parecen salidos de cuentos de terror.
En este país, once mujeres son asesinadas cada día.
No a todas las nombramos.
No a todas las lloramos.
No a todas las buscamos.
No a todas las encuentran.
Hoy nombramos a Aylin.
Su salón puso una ofrenda en su memoria.
Le colocaron flores blancas, flores moradas, y dibujaron un árbol de la vida al que le falta una rama.
Porque Aylin no murió. A Aylin la mataron.
Y no fue su culpa.
¡Aylin, no fue tu culpa!
No fueron tus decisiones de pareja.
No fue la blusa negra de tirantes que llevabas puesta el jueves.
No fue nada que hayas dicho o hecho.
Fue este sistema patriarcal, sucio, impune, podrido.
Aylin no debió morir. Como tampoco debió morir ninguna de las que hoy ya no están. Su ausencia nos atraviesa, nos duele, me quiebra y me llena de náuseas. Porque lo que le pasó a ella nos podría haber pasado a cualquiera. Porque nos pasa todos los días.
Lo vivimos en forma de miedo al volver solas, en los mensajes de ubicación en tiempo real, en la desconfianza al subirnos a un taxi, así sea de aplicación, en la pregunta de si ya llegaste, en la rabia contenida cada vez que se repite la historia.
No podemos ni queremos acostumbrarnos a esta violencia.
No basta con el luto, con las flores, con los comunicados.
Lo que necesitamos es que nos dejen de matar. Que dejen de arrebatarnos a nuestras hermanas, a nuestras amigas, a nuestras hijas.
Mientras eso no pase, vamos a seguir gritando, gritando con la garganta rota y el corazón en llamas, tan fuerte que se escuche en los estruendos del cielo: ¡Ni una más, ni una asesinada más!
Ah, y si les puedo pedir un favor:
Si mañana falto yo,
abracen mucho a mi mamá.




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