JUAN LAGUNAS
Sólo una vez (en el preludio de los 90) tuve la osadía de escribir un diario. Entonces, la angustia era el 90 por ciento de mi alma. Las noches, una tormenta inacabable. La memoria: oscilación en torno al suicidio.
La oscuridad fue el escenario de dos conatos de inmolación. En la mano, el ariete (menos letal que el acrosoma). La vida, un estremecimiento de desconsuelo, reclusión… Desconfianza. El llanto se apartaba en la abertura de la contrariedad: el sueño.
De forma tácita, comencé a comprender la escasez de la alegría. Mi escritura emanaba de la desolación impropia de la no ternura: lágrima infecunda (sobre la tierra acuosa). La intención de quitarme la existencia iba en aumento: ésta, de un impreciso soplo saturado vivía centuplicándose.
Me escondía de mi padre. Un día, del trabajo a la casa, pisé una hoja. Voltee. No había árboles. El tiempo se detuvo en el borde de la extenuación. Empero, continué inmerso en el hambre indeseada. (En el 2013 comprendí el Evangelio: Juan 4:31-34:
Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. 32 Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. 33 Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? 34 Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. 35
Me di cuenta de que, usando un objeto, no iba a desaparecer. Tenía que someterme a la degradación voluntaria (pero, infecunda; ataviada de inmundicia. Insuficiente…). No conocía la humillación espiritual. El paso del baldón es un improperio. Se distancia de la inmensidad (indecible) de Dios.
Asimismo, leía por instinto (con un dejo de avidez; sobre todo, en la madrugada). Me impresionó (acercándome al 2000) Signos en rotación, de Octavio Paz. La amargura cedió poco. La poesía se introdujo en el núcleo. Memoricé “Entre ir y quedarse”:
Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.
La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.
Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.
Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.
El desamparo de la destemplanza es borrasca de sombra, como una tormenta en la soledad del ocio recóndito -en la lejanía de decadencia-. Sigue:
Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.
Si pueblo el espacio con signos oscuros, no conferencio. Soy una vuelta en la calle sin salida. Desprecio…




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