Ray Cárdenas
Por un lado, Claudia Sheinbaum, en el marco de la desgastada democracia, es nuestra presidenta. Sin embargo, habrá que reconocerlo: son muchos los esfuerzos que hace. Se empeña con todo el corazón y alma por ser aceptada y reconocida. Es la primera mujer en ocupar la silla presidencial, algo que la historia reconocerá.
Eso es definitivo, pero que ni siquiera haya cumplido un año y ya sea parte de los escándalos más significativos de la historia de México, no tiene precio. Bueno, ni Obama. Queda claro que, mientras a la presidenta no le moleste la situación de Cuauhtémoc Blanco, ella no va a dar ninguna indicación.
Y es que, aunque ella lo decidiera, la otra presidencia –esa de la cual vamos a platicar en esta ocasión– es la que realmente manda. En los archivos de la historia política de México nunca se había visto que a la figura presidencial se le faltara al respeto de manera tan evidente.
No se olvida cuándo, en aquel acto en el Zócalo de la Ciudad de México, el hijo heredero del poder real de la Cuarta Transformación en México no le hizo ningún acto de reverencia a la presidenta. Ella manda en el marco constitucional, pero quien está en campaña, creando su propia estructura, es Andy.
Quien se afilie a Morena tendrá que hacerlo bajo su aprobación.
Gobernadores, alcaldes, diputados, senadores: todos aquellos que pretendan ser parte del partido del pueblo tendrán que hacerlo bajo su “bohemia”. Esto, desde los contextos políticos, se llama armar estructura, y es más que evidente.
La presidenta está haciendo lo propio, lo que le toca desde Palacio. Pero cuando un día no son los aranceles, son los escándalos. El máximo baluarte de Morena deja los votos del ídolo, el próximo presidente municipal de Cuauhtémoc en la Ciudad de México, y, de manera evolutiva y lógica, el gobernador de la Ciudad de México.
Nadie lo puede detener. Aunque, en el periódico El País se filtrara que tuvieron acceso a la carpeta, se puede decir todo, pero no se ha entendido que, si bien es cierto que Cuauhtémoc no tuvo padre de manera real, en la política lo es Andrés Manuel López Obrador.
Éste sabe muy bien valorar a quién le es útil. Como parte de su misión y cometido en la campaña, está su primogénito. En la generación de votos, está Cuauhtémoc. No importa lo que digan los demás: si lo dice Andy, se hacen las cosas; si lo dice Claudia, creeremos la mitad.
Quedó claro que no todas llegaron.
No llegaron las madres buscadoras. No llegaron las niñas que se quedaron en el camino. No llegaron las feministas que, año tras año, destruyen la ciudad con justa razón.
Las que llegaron, más allá de ostentar la posibilidad de hacer justicia, simplemente gritaron al unísono: “No estás solo”.
Sí, sí estás solo.
El pueblo de México, una vez más, fue engañado, mentido y manipulado con el dedo que apenas si le da atole. No hay pan, no hay circo, pero hay un México que se las va a reír del mundo.
Vamos a ver qué pasa. De lo demás, solo nos queda admirar esta gran serie vívida que ni Netflix se hubiera atrevido a producir por lo crudo e irreal.




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