JUAN LAGUNAS
La teoría del biocentrismo, busilis acromegálico. Ésta conjetura que la inexistencia no es un hecho perentorio. Empero, sólo se basa en el movimiento cuántico: el electrón, dentro de la ionización.
Eso es místico. El Ser Ubicuo creó todo. Fabio Morábito lo expresó así (en “La mesa”):
A veces la madera
de mi mesa
tiene un crujido oscuro,
un desgarrón
difuso de tormenta.
El traquido del objeto es indivisible (nuclear). No se distingue. Y, luego, otro margen de irresolución: El Principio de Incertidumbre: no hay conocimiento de la simultaneidad. La exactitud es inaudita. Si me sitúo en la atalaya, el pedrusco se aparta (al centro de la tierra). Y, desde el subsuelo, en la muerte (que no existe), la disgregación es movimiento (hedor); desalojo de podredumbre. Inmundicia (en palabras de Baudelaire).
La distancia, un fractal. No sirve para concretar el contorno tangible de la superficie burda. Por ende, la viga (nogal) del féretro no deja de sacudirse (en lo minúsculo y acausal). La entraña siempre trepida. ¿En qué dirección? ¿Hacia dónde? El vate lo insinúa:
Sus fibras ceden,
se descruzan,
buscan un acomodo
más humano.
Es la madera
que recuerda
viejos brazos.
Y que recuerda
que reverdecían.
La mirada hacia atrás degüella. La guedeja (seca, hirsuta…) experimenta dos declives: contra el viento (con polvo) y en la sinuosidad.
Mis manos, que escriben, van hacia la misma marisma: donde no hay nadie: ni árboles, agua, mar, arena… Acantilados. Aquél, en “Pelambre”, clama:
Qué hermoso debe ser
tener una pelambre,
ser homogéneos contra el frío,
sentir
como una cualidad intrínseca,
y no como tarea, la vida.
La poesía surgió antes de la ciencia cuántica. Precedentemente, la palabra superior, que puso orden. Así, la conciencia no se puede explicar por métodos físicos. Sólo acusa. Aturde…




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