Ray Cárdenas

Han pasado varias semanas desde el inicio de la administración de Margarita González Saravia, la primera gobernadora de Morelos. Hay que decirlo con todas sus letras: existe mucha esperanza en ella. Sin embargo, es importante reconocer que la política no es magia. Gobernar requiere actitud, experiencia y, sobre todo, empeño.

El reto es enorme. La gobernadora enfrenta una realidad compleja: su gabinete se ha convertido en un campo de constantes cambios, decepciones y, lo peor de todo, fallas. Pareciera que la única con la capacidad y el interés genuino de sacar adelante a Morelos es la titular del Ejecutivo. Pero, ¿de qué sirve la voluntad si el equipo no está a la altura? Si no es por inexperiencia, es por corrupción; si no es por corrupción, es por presuntos vínculos con el crimen. Cada semana hay bajas, sustituciones y reemplazos. Un proceso de prueba y error que parece no tener fin.

La gran pregunta es: ¿cuándo se consolidará un gabinete capaz de acompañar a la gobernadora en su tarea? Seguramente pasará más de un año, y el tiempo restante será apenas suficiente para estabilizar un barco que, en su momento, el exgobernador Cuauhtémoc Blanco dejó encallado. Es imperativo señalarlo sin rodeos: su administración fue una de las pruebas más claras de la incongruencia de Morena.

En el ámbito nacional, la justicia parece aplicarse con sesgo. La presidenta de la República ha sido implacable contra ciertos personajes, pero permisiva con otros. Si tan solo hubiera mostrado un mínimo del mismo rigor que tuvo contra el exfiscal de Morelos, Uriel Carmona, hacia Cuauhtémoc Blanco, la historia sería distinta. Pero la realidad es que la justicia en México parece regirse más por odios y revanchismos políticos que por un verdadero compromiso con la legalidad.

El resultado es evidente: mientras mujeres en todo el país exigen justicia, el exgobernador de Morelos sigue impune y ahora ostenta un puesto como legislador. La impunidad, tolerada desde la Presidencia, aplaudida por legisladores y respaldada por senadores, es un recordatorio doloroso de que en este país las decisiones no siempre se basan en lo que es justo, sino en lo que conviene políticamente.

Este 8 de marzo, mientras miles de mujeres marchan exigiendo justicia, la impunidad sigue siendo la norma. Y la pregunta sigue en el aire: ¿ EN REALIDAD LLEGARON TODAS?

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