Juan Lagunas
El perentorio temporal es intranquilidad. No tiene que ser. Al lado de mí, la sierpe de la inmisericordia. El hambre y la incredulidad transcendental, insoportables. Este día de febrero no vale la pena. Debe de irse. Hay una cauda consistorial…
¿En qué instante, JEP escribió ¿“Gota de lluvia”? Intuyo:
1.- Estaba enfermo. Extenuado, el Ser Ubicuo le aprovisionó los afines del vocablo.
2.- Hipó. Reapareció en el desfallecimiento del intervalo de la farsa. Es decir, clamó perdón.
3.- Fue a un cenáculo remoto. Entre la gente desmedida, hizo apuntes. (La vida del vate, en general, no sirve. Es una nombradía jacobina de ultraje).
4.- Estando pasmado. Enfrente de su ventana. Y se quedó en silencio. El agüero es irremediable:
Una gota de lluvia temblaba en la enredadera.
Toda la noche estaba en esa humedad sombría
que de repente
iluminó la luna.
Es un anuncio. Una forma de adelantarse. Una muerte premeditada. Y sigue, en la depreciación: el viento (o polvo) que no sirve: alejado. El día devora la resistencia.
Háblame, Señor. Sé tú en mí. Escribe. Ayuna, trabaja y corre por mí. Me quiero quitar la vida. Perdóname. No encuentro al pesimista, que compara agua con desesperanza. Rusticidad aceptable en la desmedida inconclusión.
Eres una concurrencia. Jaspe. Leamos: eres desagradable… Repulsiva. Por consecuencia, escribo:
Sus intuiciones, cerradas. Apetezco y… Agonizó. No te volveré a ver. Madre: vete. Es un silencio. Que se despliegue lo indeseable:
Presencia
¿Qué va a quedar de mí cuando me muera
sino esta llave ilesa de agonía,
estas pocas palabras con que el día,
dejó cenizas de su sombra fiera?
¿Qué va a quedar de mí cuando me hiera
esa daga final? Acaso mía
será la noche fúnebre y vacía
que vuelva a ser de pronto primavera.
No quedará el trabajo, ni la pena
de creer y de amar. El tiempo abierto,
semejante a los mares y al desierto,
Me desemplearon hoy y para siempre. Carezco por completo de influencias. Voy a dormir.




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