Por Ray Cárdenas
Realmente, la política de Donald Trump es mala al ejercer la ley como lo marca. ¿O lo es porque busca que no haya gente mala en su país? Tal vez estamos romantizando algo que, al día de hoy, forma parte de este mundo donde lo malo se vuelve bueno y lo bueno se vuelve malo.
Muchos critican a Trump por separar familias en la Unión Americana. Sin embargo, durante seis años, el expresidente de México, Andrés Manuel López Obrador, estuvo separando a México todos los días desde su mañanera, dividiéndonos entre fifís y chairos. Se colocó en una posición muy al estilo de Jesucristo: quien no estaba de acuerdo con él, estaba en su contra. Esta postura dividió al país de manera radical.
Hoy, necesitamos un manual de buenas intenciones. Claudia Sheinbaum está haciendo lo propio. Si Trump sube los aranceles, ella dice que hará exactamente lo mismo, sin darse cuenta de que Washington no ha venido a decirle que, mientras Estados Unidos sube los impuestos, nosotros apenas si le hacemos cosquillas a su economía.
Mientras tanto, en El Salvador, Nayib Bukele, sin romantizar la violencia ni a la gente mala, ha convertido a su país en el más seguro del mundo, nos guste o no. México, en cambio, sigue atrapado en la incertidumbre, donde Gerardo Fernández Noroña hace lo que quiere y pide no votar con los aspirantes al Poder Judicial, mientras el Congreso Federal hace lo posible por frenar el progreso del país.
Lo más interesante es que, después de seis años de ridículo nacional en la política, hoy la gobernadora del estado, Margarita González Saravia, se posiciona en el lugar número cuatro. ¡Enhorabuena, morenistas! Finalmente, alguien está siendo reconocido por su trabajo y no solo por salir en fotografías. Margarita se ve, se siente y está presente.
De Trump, ya hablaremos después. Y de “golfo”, que le llamen como quieran. Al final, en México seguimos llamándonos “México”, aunque la realidad es que nuestro nombre es Estados Unidos Mexicanos.
Ahí nos vemos




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