Juan Lagunas P.
¿Abro la ventana? Frente a mí, “Angustia” -lípido sobre colgadura-, de Friedrich Schenck. La soledad es un descenso: rompiente enlosado (virreinal), donde la penumbra es interminable. Atrás, desnuda, tu espalda es un combés de amargura. El coso se adosa en el verdín. Morir es dividendo…
Si volteo, el gemido. Al cerrar las manos, le lejanía (cercana a la impaciencia de la digresión en prolegómeno). La ascendencia es ignara; no sabe de tu cuerpo caído en los embozos. Hugo Gutiérrez Vega, en “Mujer dormida”, musita:
Desde aquí veo tu casa
rodeada por el aire
de esta mañana lívida.
Veo tu puerta cerrada
y el balcón entreabierto,
siempre entreabierto
para librarte de los sueños malos.
Empero, la calle de la mente es contradictoria. Niebla que se disipa. Desdice:
Ineptitud.
Desdicha de madeja.
Desesperanza (maderaje: anublo).
Matojo. Desorden.
Hedge. Devaneo.
Los signos son lentitud -ahora-. Puntos negros que se escapan. El abandono es fastidioso. La furia del fonema se ve en epéntesis. El lenguaje es maldad: palabras no dichas… Ni escritas. El aedo, impedido en el adiestramiento, acosa:
Me asomo y veo tu cuerpo
entre las sábanas,
siento tu respiración lenta.
Todo está vivo.
Tras el acabamiento de la atadura, la mezquindad de la altanería. Es una muerte instantánea. Mis ojos ciegos leen:
La sangre cumple su trabajo
y transcurre sin prisa
por tus sienes
para que tú te duermas.
Miles de vidas siguen
en un solo, prodigioso segundo
de ese tiempo tan diferente al tiempo
que nos manda a la calle
y nos dicta sus leyes,
nos obliga a correr y va pasando
Vivo sin mí: en el marmolillo de la consanguineidad del retroceso.




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