A la memoria de Julio Trujillo.
Juan Lagunas P.
¿Los nuncios brunos serán enviados por la muerte? Ésta no existe. Entonces, ¿por qué el bardo se ensimisma en esa paranomasia? El cisco sangriento -por escarnio, que surge de la transgresión- es el reniego.
El foque se descompone dentro de la secularidad; sobre todo, cuando aquél es una apariencia de cumulonimbo indubitable. El lazareto se pierde. Los ojos no miran.
¿Tendrá razón César Vallejo, en: “Hoy me gusta la vida mucho menos…”?:
Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
El sepulcro no es tal. El féretro (ante el atrio inaguantable), tampoco. Es una usanza del despliegue de la ineptitud de la voluntad -en el fondo de la fosca sin fondo-. Causa mucha angustia que el ser ande así: perdido, tratando de satisfacer el ansia del lamento. La escritura es cachaza. Desgarro de ti…
Insolencia:
El zafral no acaba. Es inminencia (al igual que apnea: disnea; la sangre, detenida en el brazo entumido). Insisto: ¿el instante, detenido, avanza? ¿La momentaneidad es un signo de nada (entre el estoicismo del destiempo)? Han transcurrido dos días y segundos. Así se lee en 2 Pedro 3:8-10:
(…) no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día.
Esa mañana, en domingo, a las 5:45, la penumbra se puso en un letrero; éste, en vocablo. Los pecíolos del rotativo (en 1985) cayeron en el polvo de fuego. Las escaleras descienden… Están inmóviles (hechas de barro). ¿En qué momento de la noche anterior pasó la juglaría? Mi madre me soltó. Ergo, la amanecida deshizo el plisado. En “Bordas de hielo”, el peruano aludido sigue:
(…) tu labio es un brevísimo pañuelo
rojo que ondea ¡en un adiós de sangre!
El desgaste es inevitable. El lienzo epitelial no cubre el silencio de la entropía.
Culmino:
Vengo a verte pasar; hasta que un día,
embriagada de tiempo y de crueldad,
vaporcito encantado siempre lejos,
la estrella de la tarde partirá!
La irradiación es lo siniestro.




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