Juan Lagunas P

Se encerraba a llorar. Nadie oía sus gemidos; empero, éstos culminaban en el –ad litteram– vestíbulo del signo indistinto (en la tensión emocional de la epístola). Apropincuó sus manos en silencio. Me separé. Di el dorso. ¿No estaba preparado para escucharla? Fui impasible. Me arrepiento. No paro de llorar (día y noche… En el sueño).

La angustia es asaz. Hasta ahora, como parte de la simulación, recurro al catilinario: vehemencia desmedida de contención. Su codilicio, sin preverlo, fue decisivo: no olvidarme. 

         Sumergí mi pasión en los avatares del desdoblamiento de Kierkegaard: un alter ego que propicia atemperar su concupiscencia desmedida con las caricias. Perdí la cuenta de las variables -dentro de la búsqueda de la saciedad-. Cordelias de acá y acullá. 

         El sedimento de la coexistencia es palmario, cuando subyace la hostilidad (el ofrecimiento contravenido, a través del secreto avisado de la persuasión; la nostalgia sicalíptica).

         Juan, el seductor de aquél, es estigma en el inconveniente de la desesperación: el goce sensual que vagabundea en la deriva de la oscuridad luminosa de la tarde-madrugada. 

         ¿Es justificación buscar los medios -a como dé lugar- para satisfacer la apetencia? En ninguna manera. ¿Qué diremos?: ¿el hambre voraz del cuerpo es transgresión? Sí. Por eso, a partir del moho del ocaso, los huesos caen en el limo (sua passion predominante).

         Una inquietud -idéntica a la superficie de la destemplanza- agobia; es un reproche improbable (cercano al panteísmo). La ceguera, que pretende legitimar el poder fáctico, rememora a Gustavo Adolfo Bécquer, en “Amor eterno”:

Podrá nublarse el sol eternamente;

Podrá secarse en un instante el mar;

Podrá romperse el eje de la tierra

Como un débil cristal.

¡todo sucederá! Podrá la muerte

Cubrirme con su fúnebre crespón;

Pero jamás en mí podrá apagarse

La llama de tu amor.

         La palabra miente. El vate es un mendaz inextinguible (en ciernes). Basa su imaginación en el regato del efluvio. Así lo expresa Alfonsina Storni: 

Yo te siento deslizar pausadamente.

Apoyo los dedos en las arterias de las sienes, del cuello,

de los puños, para palparte.

Recuento:

         Hoy, ante mi rostro cabizbajo (que me mira), retorno al principio del final: la mujer marejada (me tira del corazón. ¡Se lo quisiera llevar!). La impresión tirana es un abismo: condenación que se sulfura entre brazos, besuqueos y demiurgos (en badanas). 

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