Pedro Delgado*
El discurso del poder es una herramienta fundamental en la política contemporánea. En México, el mensaje que emana de Palacio Nacional ha llegado a consolidarse como una “verdad absoluta” que se coloca al centro de la narrativa pública, una realidad que afecta profundamente la percepción de los ciudadanos sobre lo que realmente está sucediendo en el país. Este fenómeno subraya el impacto de la comunicación política en la vida diaria de las y los mexicanos, moldeando su comprensión del presente y su visión del futuro.
La comunicación política es mucho más que una simple transmisión de información; es una estrategia para influir, dirigir y, en muchos casos, definir la opinión pública. El discurso del poder, cuando es manejado de manera centralizada y con gran alcance, se convierte en una fuerza que eclipsa otras voces, incluyendo las de los medios de comunicación que buscan ofrecer perspectivas alternativas. En una sociedad donde la libertad de expresión es un derecho, cabría esperar una diversidad de voces y puntos de vista. Sin embargo, la “verdad absoluta” que emana del poder tiende a imponerse y, en muchos casos, a ser la única voz autorizada. Esto plantea una reflexión sobre el poder de la narrativa oficial: ¿por qué el poder político dice lo que es necesario para mantener el poder?
La realidad es que el discurso oficial busca mantener la estabilidad y legitimidad del propio gobierno. Al centralizar la verdad en una narrativa única, el poder pretende dar claridad y dirección, evitar el caos y construir un marco interpretativo que lo posicione como una fuerza indispensable en el progreso del país. Esta dinámica, sin embargo, no está exenta de riesgos. La construcción de una “verdad absoluta” limita el espectro de interpretación de los hechos, minimizando el impacto de las críticas y las voces disidentes, lo cual, en última instancia, afecta la libertad de pensamiento de la ciudadanía.
A través de la comunicación política, el poder establece no solo su versión de los hechos, sino también la interpretación de lo que es “bueno” o “malo” para el país. Las narrativas oficiales pueden, en efecto, beneficiar a los ciudadanos al brindarles una sensación de certeza y unidad, algo crucial en tiempos de crisis. Sin embargo, también pueden manipular percepciones y suavizar los aspectos negativos de las políticas gubernamentales, dejando fuera de foco problemas reales que requieren atención.
Es aquí donde los ciudadanos tienen una responsabilidad crítica: cuestionar, analizar y no aceptar ciegamente la “verdad absoluta” que se transmite desde el poder. En una democracia, el poder tiene el derecho de comunicar su visión y defender sus políticas, pero también tiene la responsabilidad de ser transparente, de rendir cuentas, y de aceptar el escrutinio. Cuando el poder construye un discurso que solo persigue la legitimación de sí mismo, el espacio para la autocrítica y la mejora continua se reduce.
Reflexionemos, entonces, sobre el propósito detrás de este discurso. Al transmitir una versión única de la realidad, el poder busca protegerse y conservar su posición. Pero la fuerza de una democracia saludable reside en el equilibrio entre la versión oficial y las múltiples interpretaciones que los ciudadanos y los medios tienen derecho a expresar. La comunicación política es esencial para informar y orientar, pero también lo es para enriquecer el debate, elevar la conciencia ciudadana y fortalecer la responsabilidad social.
Al final, el discurso del poder tiene un impacto directo en la vida cotidiana, en la percepción de la realidad y en las decisiones que se toman en nombre de todos. Sin embargo, la “verdad absoluta” que proviene del poder no debería reemplazar el derecho de cada individuo a buscar su propia verdad. En una sociedad plural, lo que fortalece a la democracia es la diversidad de perspectivas y la capacidad de todos los ciudadanos de cuestionar el discurso oficial, de no dar por sentado que la verdad es una sola y de exigir que el poder hable no solo por conveniencia, sino con transparencia y responsabilidad.
*Pedro Jesús Juárez Delgado, politólogo egresado de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, reconocido con el Premio Estatal de la Juventud por la RMJP- Morelos




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