Juan Lagunas P
La raíz de todas las pasiones es el amor. De él nace la tristeza, el gozo, la alegría y la desesperación: Lope de Vega.
El labrantío semántico de ese nombre no preexiste. Ni en sueño… Es un signo interpolado en la bagatela. Empero, en algún instante (descomunal) vetusto, en la oscuridad del vacío, la Escritura me habló.
La péndola de la inopia devela la silueta de la testarudez. Nada se oye. Es el maltrato de la contención de la palabra. López Velarde, en “Tu palabra más fútil”, se exaspera:
Magdalena, conozco que te amo
en que la más trivial de tus acciones
es pasto para mí, como la miga
es la felicidad de los gorriones.
Tu palabra más fútil
es combustible de mi fantasía
y pasa por mi espíritu feudal
como un rayo de sol por una umbría.
Una mañana (en que la misma prosa
del vivir se tornaba melodiosa)
Insignias y címbalos se sueldan en torno al perímetro de la suspicacia. Tu cuerpo es una contingencia indefensa (al nivel del recelo), donde la letra de sirope expele. Boscaje, anochecida luctuosa -sin audacia-. Fui. Regresé a destiempo en la senda de la desgracia. No vi nada sobre el enhiesto (cordaje) deletéreo. El vate, desde Zozobra, insiste:
Y la tarde fugaz que en el teatro
repasaban tus dedos, Magdalena,
la dorada melena
de un chiquillo… Y el prócer ademán
con que diste limosna a aquel anciano…
Ahora entiendo: tu pelambre es un cerco que me ausenta. Cuando entro a una sala abandonada, el viento colisiona en los muros. El siseo silencioso se diversifica. El antepecho, un apeadero. La tarde de marzo de 1990 me asomé. No pedí permiso… Tras 34 años, el desviamiento, unido: sábado y domingo. Es decir, hora y deslustre. Entre tú y yo, el desvelo de lo inalcanzable: la costumbre desvanecida. ¿Y el vate? ¿Dónde pone la jactancia? Es probable que se olvide de la legislación de la fe:
Y tus dientes que van
en sonrisa ondulante, cual resúmenes
del sol, encandilando la insegura
pupila de los viejos y los párvulos…
Hoy, alrededor de las 10:55, la calle de helminto (puesto que no es recta) anduvo en la repercusión de murmullos. El acoplamiento de los bembos irrepetibles abrió la angustia en guijos intrincados. El verso se desliza:
También yo, Magdalena, me deslumbro
Por beatitud (no pagana) no me fascino ante la metáfora desmedida. Las concomitancias de la tarde son asiduas: coba y desgaire.




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