Juan Lagunas P

La palabra de Dios llena el halo espiritual. Es apoteósica. Está concebida desde la perpetuidad y el gozo. 

            La verdadera humildad está en Cristo, el único y suficiente Salvador. Se humilló, convirtiéndose en humano, para dar su sangre por nosotros. Su amor es infinito e incondicional. Sólo pide un corazón contrito (o arrepentido) y, en seguida, recibirlo como el Gran Salvador del aliento.

En el primer libro de Crónicas, capítulo 29:11-12, se lee lo siguiente:

11 Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. 12 Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos.

Todo es del Señor. Y nos demuestra su mansedumbre a cada momento. Por lo mismo, tenemos que acercarnos a Él; tener temor; es decir, OBEDIENCIA. En Deuteronomio 8:18, la palabra de Dios nos expresa:

Sino acuérdate de Jehová tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día.

Si el Señor da (o quita) es para un fin determinante: que no perdamos la esperanza ni lleguemos a la vanagloria. El egoísmo lo lacera. Nos aparta de su nobleza. El engreimiento -o inmodestia- es insensatez. En Eclesiastés 6:1-2, se exterioriza:

Hay un mal que he visto debajo del cielo, y muy común entre los hombres: El del hombre a quien Dios da riquezas y bienes y honra, y nada le falta de todo lo que su alma desea; pero Dios no le da facultad de disfrutar de ello, sino que lo disfrutan los extraños. Esto es vanidad, y mal doloroso.

Las metas -u objetivos- no deben centrarse en el mundo, sino en Cristo. La vida es de Él. Es el camino y la verdad. Nadie va al Padre si no es por Él. Toda la honra que emerja de nuestro espíritu debe ser sólo para el Señor Jesucristo. En Juan 12:26 se detalla:

Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.

¡Alabado sea el Señor! Tenemos que servirle a cada instante, difundiendo su Evangelio, congregándonos, leyendo su bendita palabra y alejándonos del mundo.

Job 11:13-19, expone:

Si tú dispusieres tu corazón,

Y extendieres a él tus manos;

14 Si alguna iniquidad hubiere en tu mano, y la echares de ti,

Y no consintieres que more en tu casa la injusticia,

15 Entonces levantarás tu rostro limpio de mancha,

Y serás fuerte, y nada temerás;

16 Y olvidarás tu miseria,

O te acordarás de ella como de aguas que pasaron.

17 La vida te será más clara que el mediodía;

Aunque oscureciere, será como la mañana.

18 Tendrás confianza, porque hay esperanza;

Mirarás alrededor, y dormirás seguro.

19 Te acostarás, y no habrá quien te espante;

Y muchos suplicarán tu favor.

Oh, señor. Qué bondadoso eres. Te suplico que nos llenes nuestro corazón de humildad verdadera, para que, a través de nuestro testimonio, todas las personas te busquen incesantemente. La luz, sin ti, es oscuridad. 

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