JUAN LAGUNAS P
Según Gimferrer, la poesía es la esencia. En torno a ésta se cierne el anhelo del ascenso: el cielo es más que una embalada liberación de energía de una reacción nuclear de alta velocidad. Somos carcoma desechado en la brizna.
En “Exilios”, Ida Vitale expresa:
Están aquí y allá: de paso, en ningún lado.
El confinamiento de palabra es una intranquilidad interminable. Ciega. Ensordece. Tapia la respiración. La tarde resuena en tu demiurgo pálido. Abres la ventana: el polvo no sale ni entra. Tu contorno es sombra en esclarecimiento: borde de amargura, en que la ofuscación no sirve de nada.
“Lloraré… Y hasta es posible que me muera”: Apollinaire. El vestigio rutinario es así: una posibilidad. Sobremanera, si el aliento se falsea. En “Las campanas”, el aedo francés continúa:
Entre el rumor de las campanas, bella gitana, amante y mía,
nos amamos perdidamente
y nadie, nadie, nos veía.
Éramos incorpóreos en la penumbra; en la citarilla, donde tu envés se acomodaba al sofisma de mi eminencia tenar. Fui afluencia de doblez (encima de una codicia apenada).
No he sabido dónde estoy. Sólo sé que el instante es perpetuo, en movimiento detenido. Si cierro los ojos, floreces. Esto es también un despojo; necesidad de abandono o lejanía (incluso, enfrente de ti).
El sigilo en la opacidad no se da. Siempre hay un testigo: una luz sonora: la mirada en la abertura; intuiciones no serenas que desposeen la insensatez de la turbación depuesta. Y:
Olvidamos que las campanas, asomadas al campanario, nos vieron, ay, y noche y día se lo cuentan al vecindario.
¿Guardar un secreto?, imposible. La mirada habla; narra el instante; deshoja el árbol seco, que está plantado en la nube de delirio. Com- binación de vocablos o sintagmas. Intraducibles; manantiales de miasmas. Emanaciones de desdoblamiento. La momentaneidad no admite sucesión. Todo está inconcluso (en tendencia varada inmutable).
La palabra recóndita invade la habitación. El ruido de fuera, inadvertido. El desfiladero: un féretro oculto en las montañas. Caí de una hoya (sigo abatiendo los rencores).
Aún veo los cirios escurriéndose. El cuerpo… Que no está (ni yo). “Yo no sabré dónde meterme…”.




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